Conversación con oídos de sordos
Los excesos de la prensa suelen ser muchas veces, en determinadas circunstancias, tan o más perniciosos para la libertad que los de un gobierno. Y sus muestras de arrogancia compiten con la prepotencia que ella le atribuye a sectores oficiales y políticos no siempre en ejercicio de funciones públicas, envanecidos con la ilusión de un poder que a la postre resulta tan efímero como la vida misma.
Tengo años advirtiendo sin éxito del peligro que para la existencia de la prensa independiente tienen algunas muestras del peor periodismo que se da en algunas estaciones de radio y televisión, con gente de escasa preparación, y con otras con muy alta educación académica, lo cual es más penoso todavía. Gente convencida de que la obscenidad es la mejor manera de llegar al público y alcanzar notoriedad en los medios; que no escatima palabras para ofender a terceros y hacer acusaciones de toda índole, sin posibilidades de probarlas. Espacios cedidos por dueños de medios a quienes se creen creadores de presidentes y a otras furiosas voces, para los cuales no hay límites de ninguna especie. Propietarios ignorantes de que ese modelo de periodismo los hace también responsables de esos excesos.
La situación es grave por cuanto una de las labores esenciales e irrenunciables de una prensa independiente y crítica es encarar los excesos de la autoridad pública e incurrir en ellos le despoja de toda autoridad moral, e incluso legal, para asumir su importante papel en una sociedad democrática. No estoy seguro de que los directores y propietarios de medios que lo permiten estén conscientes de las consecuencias, pero obviamente les resulta un buen negocio.
El asunto es que si los medios no fijan por cuenta y voluntad propia los límites de su responsabilidad, tendrán un día que coexistir con las que le fije un gobierno. Ese ha sido el caso de muchos países donde periodistas y propietarios han tenido que irse al exilio.
La libertad de expresión es uno de los derechos fundamentales que contempla nuestra constitución y defienden los tratados realizados por organismos internacionales, pero el derecho es muy claro respecto a sus lineamientos, demasiado diría yo, mis prerrogativas terminan justo donde inician los de mis vecinos. Es decir, el disfrute de los privilegios que como seres humanos nos resultan inalienables no pueden pisotear los del prójimo.
En este sentido observar la labor del comunicador, cualquiera que sea el área en que se desempeña, desde esta óptica resulta trascendental en este momento donde se abusa de los derechos y busca la exoneración de los deberes.
Hacer uso responsable de los privilegios que da ser uno de los profesionales del micrófono exige más que un léxico trabajado y presencia en los medios.
Esperar que se nos coarte la libertad o siquiera requerir de organismos que regulen nuestro desarrollo diario muestra lo lejos que estamos de entender los principios de la comunicación, como acto humano, y la responsabilidad que se tiene al convertirse en portavoz de grupos.
El desempeño irresponsable de la comunicación nos hace posibles víctimas de medidas restrictivas que nos aten de pies y manos e imposibiliten el trabajo periodístico en su máximo esplendor.
María Alejandra Alcántara M.
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