Una vez en el Gobierno,
le llegó el turno a Lula, portador de las mejores esperanzas de dos terceras
partes del pueblo brasileño, de dejar perpleja a la izquierda y de sorprender a
la derecha, al escoger a la flor y nata del pensamiento económico conservador
para la dirección del Banco Central de Brasil y dar total autonomía a éste para
practicar una política monetaria drásticamente ortodoxa (que, entre otras
cosas, explica que el tipo de interés real aplicado en Brasil sea el más alto
del mundo en los últimos meses) así como adoptar, en los ministerios de
Planificación y de Hacienda, una política fiscal todavía más ortodoxa, que
aplicó drásticas reducciones en el gasto público y generó un superávit fiscal
del orden del 5% del PIB, superior por lo tanto al exigido en el acuerdo con el
FMI. La justificación que ha dado el Gobierno Lula para semejante dosis de
ortodoxia económica y pragmatismo político es que no había otra alternativa. Es
decir, que el país estaba tan peligrosamente al borde del abismo en la
transición del Gobierno (la denominada “herencia maldita” dejada por el
Gobierno anterior) que si hubiese la menor duda por parte del nuevo Gobierno a
la hora de tomar las medidas necesarias (de cara al “mercado”) para encarrilar
de nuevo al país, éste descarrilaría definitiva mente. De este modo, las
políticas monetaria y fiscal implacables adoptadas al inicio del gobierno,
habrían sido indispensables para, entre otras cosas, reducir el riesgo país,
estabilizar el tipo de cambio y volver a controlar la inflación. De hecho, se
consiguieron esos resultados.
Sin embargo, las administraciones de Lula también son notadas por estimular onerosos planes gubernamentales de inexacta viabilidad y conocidos por grandes escándalos de corrupción. A pesar de los procesos judiciales y las acusaciones que se le hicieron por las razones antes descritas se especula que su nuevo triunfo electivo se debió, en buena medida, a la remembranza que tienen muchos brasileros de los años en que fue presidente y que fueron idealizados con mayor ahínco por las duras crisis que siguieron.
En el año 2011, Lula dejó la presidencia con un índice de aprobación superior al 80%.
Referencias
Cezar Castanhar , J. (2004). Política económica del
Gobierno de Lula: los desafíos de la transición y las alternativas para el
futuro. Revista CIDOB d'Afters Internationals, 11 - 27. Obtenido de
file:///D:/28353-Texto%20del%20art%C3%ADculo-28277-1-10-20060309.pdf
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